Cuando en abril de dos mil nueve recibí en el teléfono un mensaje de texto de Alberto Martín en el que me comunicaba la decisión de poner punto final al sueño de convertirse en matador de toros de éxito y reciclarse en “torero de plata”, no pude por menos de interpretar como lógica la determinación en razón de las escasas ocasiones que de mostrar su arte había tenido desde que ocho años antes tomara la alternativa en La Malagueta, de manos de Espartaco y con Rivera Ordóñez de testigo. Le conocí lo suficiente para saber de su empeño en triunfar y de los obstáculos que encontró para hacerlo en un mundo en el que se afirma que el toro pone a cada uno en su sitio. Cuando al torero no se le brinda la oportunidad del encuentro con el animal, el triunfo es inalcanzable. Alberto Martín Antequera tuvo una prometedora carrera de novillero, cuando llegó a torear en La Maestranza sevillana, en Valencia y varias veces en Las Ventas. Ya como matador de toros, confirmó alternativa en Madrid, lidió en Barcelona, un par de veces en Málaga y varias en su Antequera natal. Pero Alberto es, ante todo, educado, sencillo, responsable. Una gran persona. Y hubiera sido un gran torero si la fortuna se hubiese puesto de acuerdo con sus ganas y sus cualidades.
En La Malagueta, el trece de agosto de dos mil cuatro, tuvo el detalle, que siempre le agradeceré, de brindarme el primero de sus dos toros, en una corrida del ciclo ferial en la que no pudo reeditar el éxito de la anterior temporada, cuando cortó una oreja en un festejo celebrado en octubre. Aquella tarde compartí burladero con el Alcalde de la localidad natal del torero, Ricardo Millán, con varios de sus paisanos y con dos glorias de la tauromaquia malagueña: Andrés Torres “El Monaguillo” y el recientemente fallecido Manolo Segura, al que tapé al levantarme a recibir el brindis del diestro antequerano.
Daba cuenta ayer de la presencia en la noche del doce de agosto de dos mil diez en la cena anual de la Asociación de Mujeres Almola. Pues bien, el día posterior del año anterior también estuve de feria en Cartajima, pero en la celebración diurna. Como ayer expliqué, los actos festivos se llevan a cabo en la recogida Plaza de la Virgen del Rosario, bajo la que el equipo de gobierno, aprovechando la pendiente de la calle, ha construido varias salas para usos diversos. También aquí se ha impuesto la costumbre de la comida comunal cada día de los tres en los que la localidad está de feria. Y también parece que empieza a tomar naturaleza, en un lugar gobernado durante varias legislaturas por la derecha, el comportamiento electoral arraigado en la mayor parte de ciudadanos empadronados en los municipios del Alto Genal. Fui con gusto los dos últimos años a Cartajima, pero estoy convencido de que el placer se desbordará cuando tenga la primera ocasión de visitar una localidad en la que el pasado veintidós de mayo la candidatura socialista encabezada por Paco Benítez obtuvo casi el ochenta y cinco por ciento de los votos y seis de los siete concejales de la Corporación. Siete son los ayuntamientos de este singular territorio de la provincia que están dirigidos por gobiernos socialistas.
Los alcaldes de todos ellos iban girando por las ferias de los pueblos vecinos y durante el mes de agosto pasábamos más días juntos que con nuestras familias. En la cita de Cartajima, tal día como hoy de hace un año, faltó el de Júzcar, pero aprovechando la presencia y el reflejo gráfico de los otros seis, quiero mencionarles como manera humilde de agradecer el respeto y el trato deferente que siempre advertí en ellos. Con la ausencia de David Fernández, les presento, de izquierda a derecha, a los alcaldes y alcaldesas socialistas del Alto Genal: Leonor Andrade, Fernando Fernández, Paco Benítez, Mª Carmen Gutiérrez y Gabriel Jiménez, alcaldes de Benadalid, Faraján, Cartajima, Parauta y Alpandeire. A la izquierda de la tercera fila, Paco Macías, alcalde de Pujerra. También compartieron el día de feria Paco Márquez, entonces Alcalde de Cortes de la Frontera, Francisco Calvente, concejal de Pujerra, y Juan Manuel Gutiérrez, gerente del Centro de Desarrollo Rural de la Serranía de Ronda.
Son muchos los casos de hermanamiento, formal o por la vía de los hechos consumados, de pueblos de nuestra provincia con otros repartidos por toda la geografía española, aunque ganan en número los catalanes y los vascos, porque los lazos fraternales tienen casi siempre su origen en la emigración de miles de malagueños a esos territorios durante finales de los cincuenta y toda la década de los sesenta del siglo pasado. Me vienen a la memoria los vínculos afectivos de Almáchar con Baracaldo y Cornellá, Ardales con Blanes, Cañete la Real y Carratraca con San Sadurní, Campillos con Palafrugell, Archidona con Sabadell, Teba con Baracaldo, Sierra de Yeguas con Mataró… Al menos una vez al año, delegaciones de cada una de las poblaciones se intercambian visitas que ayudan a mantener vivo el reconocimiento institucional de una relación respetuosa que ayudó a que miles de nuestros paisanos vivieran con menos crudeza la tragedia de tener que abandonar, para siempre en muchos casos, la tierra a la que nunca renunciaron.
También el fenómeno de la emigración allende las fronteras españolas tuvo en algún caso repercusión en la buena relación y entendimiento entre los naturales de las poblaciones de acogida y nuestros paisanos. Me consta la unión de Sedella con una ciudad suiza y la de Benaoján y Montejaque con la alemana de Knittlingen. El trece de agosto de dos mil diez compartí con el alcalde alemán y con los de las localidades malagueñas, Francisco González y Miguel Alza, respectivamente, uno más de los muchos actos de mutuo reconocimiento que desde hace años han llevado a cabo.