Me inicié en la afición al flamenco cuando el régimen franquista se resquebrajaba y se adivinaba un horizonte de libertades democráticas que poetas y cantautores pregonaban en campos de fútbol, plazas, teatros y salones de actos de centros académicos. No es extraño, por tanto, que el acercamiento al flamenco se produjera a partir de quienes entonces incorporaban éste a la exigencia de otro estado de cosas más acorde con el último tercio del siglo XX y con lo que sucedía en los países de nuestro entorno. El conocimiento de la obra discográfica de José Menese me procuró la vía de identificación con el flamenco y la consolidación del compromiso con la necesidad de cambio político. Al tiempo que José Menese se convertía en un icono de la reivindicación sociopolítica sin dejar de ser considerado un buen cantaor, otro también nacido en La Puebla de Cazalla era cuestionado en sus cualidades artísticas, pero denunciaba con mayor nitidez y brío las condiciones de vida y trabajo de las capas sociales más desprotegidas de Andalucía, sufriendo por ello molestias de todo tipo por parte de las autoridades del tardofranquismo. Muchos de sus recitales terminaron con multa y algunos otros concluyeron violentamente con la detención del cantaor. La discusión sobre la mayor o menor aptitud de tan aguerrido trovador la cerró Rafael Alberti con sus versos:
Las coplas que de ti salen,
te salgan como te salgan,
valen.
No entraré en la discusión sobre si Manuel Gerena cantaba como hay que cantar cualquiera de los palos del flamenco, pero nadie se atrevió nunca a cuestionar que se le entendía todo lo que cantaba y que con su grito daba aliento a quien lo necesitaba y molestaba a quien merecía ser molestado. Doy fe de que sigue manteniendo el mismo espíritu solidario e intacto el afán de poner su verso y su voz al servicio de los débiles. Hace hoy tres años que traté con él de la presentación en Málaga de “Manuel Gerena. La voz prohibida”, que sobre su trayectoria de compromiso escribiera Manuel Bohórquez.
No cabe duda alguna de que uno de los grandes logros de la sociedad del bienestar reside en el hecho de que en el tratamiento de los asuntos que tienen que ver con las personas mayores se ha pasado de considerarles exclusivamente objeto de políticas asistenciales a tenerles en cuenta como individuos válidos socialmente, sólo que con capacidades distintas a la etapa de actividad laboral. Desde el inicio de la democracia local, los gobiernos se preocuparon de dotar a sus respectivos municipios de centros de mayores, de los que hasta entonces sólo disponían algunos, en casi todos los casos implantados y gestionados por la obra social de las cajas de ahorros. Aquellos llamados “Hogar del Jubilado” significaron un avance importante en su momento pero se limitaban a cumplir el papel de bar para mayores, en los que éstos jugaban al dominó o a las cartas y pagaban el café o la cerveza algo más barato que en los establecimientos convencionales. Por regla general, quienes acudían a ellos eran exclusivamente los hombres. Desde hace años, la acción política de los ayuntamientos, además de habilitar espacios nuevos, se ha dirigido a democratizar la gestión de los centros de mayores, dando participación a los usuarios en todos los asuntos que les afectan y diversificando las actividades. Las mujeres, por supuesto, acuden ya con normalidad a estos centros que tan buen servicio prestan en casi todos nuestros pueblos.
El doce de agosto de dos mil nueve, el Alcalde de Ojén tuvo a bien invitarme a la inauguración del Centro de Día para personas mayores de su localidad, un local bien ubicado, de superficie suficiente y bien dotado para el fin al que se le destinaba. Los asistentes al acto no podían ocultar la satisfacción por el nuevo equipamiento del que empezaban a disfrutar desde aquel mismo momento y allí mismo surgieron peticiones de colaboración para las actividades que, como dije más arriba, de manera habitual llevan a cabo hoy los mayores de nuestros pueblos.
El doce de agosto del año pasado, en la plaza de toros de La Malagueta tenía lugar la final del V Certamen Internacional de Escuelas Taurinas, espectáculo que tiene muy buena aceptación por parte del público, no sé si porque la afición malagueña tiene especial interés por quienes se inician en el toreo o porque la entrada es libre hasta completar el aforo. El doce de agosto del año pasado, la Asociación de Mujeres Almola, de Cartajima, celebraba la cena anual con la que todos los años reciben a la feria de la localidad. El espectáculo de La Malagueta estaba organizado por la Escuela dependiente de la Diputación y en el acto de Cartajima colaboraba la Diputación. Los años anteriores había estado presente en la final taurina y el año pasado me había invitado la Junta Directiva de Almola a compartir la cena con las socias. Los colaboradores me recomendaron que asistiese a la corrida de La Malagueta porque, me dijeron, “asistirán más de ocho mil personas”. Con el mayor de los respetos a los asesores y a los previstos espectadores , me fui a Cartajima. Cuando intervine para saludar a las mujeres presentes hice mención al consejo que no había seguido, justificando la toma de posición en el hecho de que era imposible la comparación, que allí no podía haber ocho mil mujeres porque el pueblo tiene menos de trescientos habitantes. Cosas como esas sirvieron para que algunos todavía no me hayan bajado, en su consideración, de cateto.
Lo cierto es que en la coqueta plaza del pueblo disfruté del clima existente, tanto por la agradable temperatura como por el afecto que me dispensaron las anfitrionas, unas cartajimeñas que empezaron hace algunos años por celebrar en cada feria un acto de bienvenida a las emigrantes que en tan señaladas fechas volvían a su pueblo y que han terminado por convertirse en un extraordinario elemento dinamizador de la localidad. Su presidenta es Silvia García, concejala también en el ayuntamiento que presidía y sigue presidiendo Francisco Benítez.