El pasado día 28 se ha cumplido un año de la constitución de la Diputación de Málaga para el período 2007-2011. A la hora de valorar la labor realizada por el equipo de gobierno de la institución provincial, la oposición del Partido Popular ha vuelto a echar mano de un argumento recurrente y, por tanto, metódicamente repetido: la inoportunidad del gasto destinado a la defensa, promoción y difusión del arte flamenco.
Intentan ocultar los conservadores su insensibilidad para con lo que es y representa tan genuina y singular manifestación cultural alegando que los esfuerzos que la Diputación realiza a favor de la misma responden exclusivamente a los gustos personales del Presidente de la misma; es decir, de quien esto escribe.
El Ayuntamiento de Málaga gasta cada año una cantidad mayor que la empleada en cada una de las ediciones de “Málaga en flamenco”, que se celebra cada dos años, en el Festival de Cine y a nadie en su sano juicio se le ocurre afirmar que tanto esfuerzo en la promoción de la industria cinematográfica se debe a la afición del señor De la Torre por el séptimo arte.
De todas formas, la crítica del Partido Popular, aunque en absoluto fundamentada y no exenta de sectarismo, se enmarca en la tarea de desgaste del equipo de gobierno a la que las fuerzas políticas en la oposición vienen casi obligadas, conforme a los criterios habituales en la contienda partidaria y, por tanto, se acepta, aun no compartiéndola e incluso entendiéndola injustificada.
No ocurre lo mismo con el silencio de quienes, en razón de su vinculación con el flamenco, deberían ser beligerantes en la defensa del mismo, para demostrar que su relación con nuestro arte es algo más que frío escaparate vacío de compromiso. La apatía que, ante las críticas del Partido Popular a una institución implicada en el esfuerzo de conseguir la valoración del flamenco como elemento cultural, muestran las asociaciones, federaciones, colectivos, artistas y aficionados, mueve al desánimo, alienta la sensación de “estar sólo ante el peligro” y lleva a plantearse la efectividad de un trabajo ilusionado que no es valorado por quienes deberían estar en primera línea de la defensa de un arte para el que la labor de la Diputación de Málaga y otras instituciones públicas ha sido providencial a la hora de acabar con historias como la de Joaquín el de la Paula tiritando de hambre y frío en una cueva, o como la de El Gloria, obligado a vender tabaco de madrugada por las calles, o como la de Tomás Pavón, alimentándose muchos días de peces de río aliñados con miseria.
Molestan, por injustas, algunas palabras; pero duelen, por displicentes, algunos silencios.
lunes 30 de junio de 2008
Decepción
jueves 26 de junio de 2008
Rusia - España
No, no es del recién terminado partido entre ambas selecciones de fútbol del que quiero hablar. Entre otras cosas, porque hay que tomarse un tiempo para disfrutar del juego desarrollado por el equipo dirigido por Luís Aragonés antes de analizar lo que el triunfo del seleccionado español supone de reconciliación con el fútbol para quienes pensábamos que una maldición bíblica pesaba sobre el equipo representativo de nuestra nación. El resultado de esta semifinal y el juego desarrollado por nuestros internacionales anuncia triunfo en la final y los goles de Xavi Hernández, Güiza y Silva permanecerán en nuestras retinas y en nuestro devocionario como los de Pereda y Marcelino en aquel partido que hoy quiero recordar.
Sucedió un 21 de Junio (es el único dato que he debido buscar en internet) de 1964. A pesar de que aún no había cumplido 10 años, recuerdo perfectamente algunas circunstancias del España - Rusia que nos trajo el hasta ahora, esperemos que por pocos días, único título internacional de nuestra selección absoluta.
Era el segundo partido de fútbol que veía por televisión. El primero había sido el que España ganó a Hungría por dos goles a uno, en la semifinal del campeonato de Europa de selecciones que se celebraba en Madrid. Apenas hacía unos días que el primer aparato de televisión había llegado a El Borge, mi pueblo de nacimiento y en el que por entonces vivía, adquirido por el propietario del bar al que conocíamos como "Taberna de arriba".
Allí ví la final del antes mencionado campeonato que, en el estadio Santiago Bernabéu, enfrentó a España con Rusia. El seleccionador español era José Villalonga y dispuso que iniciara el partido la siguiente alineación, con el esquema táctico habitual entonces del 1-3-2-5:
Iríbar (Atl. de Bilbao);
Rivilla (Atl. de Madrid), Olivella (Barcelona C.F.), Calleja (Atl. de Madrid);
Zoco (Real Madrid), Fusté (Barcelona C.F.);
Amancio (Real Madrid), Pereda (Barcelona C.F.), Marcelino (Real Zaragoza), Luis Suárez (Inter de Milán) y Carlos Lapetra (Real Zaragoza).
Olivella era el capitán que los dirigía.
España se adjudicó el campeonato de Europa de selecciones al ganar por 2 goles a 1 al seleccionado cuya portería defendía Lev Yashin, el mejor portero de todos los tiempos, según sus coetáneos. Los goles españoles los marcaron Pereda, a pase de Suárez, y Marcelino, rematando en escorzo un centro de Pereda. Este gol de Marcelino, que suponía la victoria del combinado español, ha sido, probablemente, el más recordado y repetido en imágenes en la historia del fútbol en España, tan sólo equiparado con el que Telmo Zarra hizo encajar a la selección de Inglaterra en el estadio de Maracaná, durante la disputa del mundial de 1950.
De aquella final a esta semifinal hay una diferencia en la percepción, provocada por el inevitable paso del tiempo sobre uno: aquellos jugadores de 1964 me parecían mayores, demasiado para mis apenas diez años; los que han jugado el partido que ha terminado hace unos minutos me parecen muy jóvenes, casi insultantemente jóvenes para mis casi cincuenta y cuatro años.
Por cierto, que fue necesario el paso de algunos años para darme cuenta de por qué algunos de los hombres (entonces en las tabernas de los pueblos no entraban las mujeres) que veían aquel encuentro de 1964 manifestaban en voz baja, casi imperceptible hasta para el propio interlocutor, el deseo de que Rusia ganara el partido.
martes 17 de junio de 2008
¿Quienes mataron a Viriato?
Al de quienes siempre contemplan la tempestad desde la orilla y al de quienes veneran en un mismo altar a dios y al diablo, se suma, en el muestrario de actitudes evidenciadas en estos procelosos tiempos de actividad precongresual, un tercer modelo de comportamiento que, si bien no utiliza la táctica sibilina y viscosa del enmascaramiento, resulta censurable en su activa beligerancia de manera directamente proporcional a la intensidad con que emplea las armas de que dispone contra quienes de ellas le proveyeron.
En estos días de Eurocopa y ascenso del Málaga C.F. a la primera división, ruego se me permita el símil futbolístico: ¿resultaría entendible la actitud de un defensa central que durante todo el partido se dedicase a disparar contra su portería, en lugar de despejar el balón que rondase su posición, tan sólo porque no compartiese las indicaciones tácticas de su entrenador? Todos pensaríamos que la respuesta coherente a la discrepancia con el “mister” habría sido la negativa del jugador a ser alineado.
No precisa de explicación, para ser entendido, el derecho del militante de un partido democrático a la discrepancia y al mantenimiento de criterio propio a la hora de analizar y entender la acción política. Pero tampoco precisa de explicación que la pertenencia a órganos colegiados requiere de la sintonía, del entendimiento y de la lealtad en el debate de quienes los conforman y la aceptación pública (una vez cerrada la discusión interna) de las decisiones que adopten por pronunciamiento mayoritario de sus miembros. A quien pretenda hacer prevalecer su particular opinión sobre la colectivamente adoptada sólo le queda una actitud honesta: la renuncia.
Resulta sorprendente que haya militantes que entiendan que la única decisión no sólo inocua sino justificada y hasta benéfica de la actual dirección del PSOE en Málaga es aquélla que produjo el espacio de representación orgánica o institucional en el que ellos se desenvuelven. Esa decisión que a ellos favorece ni la censuran ni la entienden susceptible de reparación.
Hora es ya de dar respuesta a la interrogante del título, para así evitar malos entendidos e identificación de un episodio de la resistencia hispana contra Roma con circunstancias del presente que, si se produce, es pura coincidencia. Quienes tuvimos como libro de texto la enciclopedia Álvarez sabemos que, después de dar muerte al caudillo lusitano, cuando Audax, Ditalco y Minuro fueron a reclamar lo acordado por su traición, permitieron a Servilio Cepión acuñar una frase que, aún hoy, se emplea para señalar que el decoro no permite pagar la iniquidad.
domingo 8 de junio de 2008
En misa y repicando
La actitud de indeciso emboscamiento adoptada por algunos en el presente proceso congresual del PSOE malagueño, de la que hablaba en la anterior entrada, no agota el muestrario de comportamientos que tienen que ver más con la salvaguarda de posiciones individuales que con el compromiso leal y firme que la militancia exige.
Del afán por “nadar y guardar la ropa”, que se advierte en algunos, se pasa al deseo de estar “en misa y repicando” de otros. Mantener una opinión hoy y mañana otra opuesta, pronunciarse con criterios diferentes en función de los que mantenga el interlocutor, dar a la firma y al voto propio el valor de la nada, comprometerse y desvincularse con la misma facilidad, son comportamientos evidenciados estos días que tienen, afortunadamente, cada vez menos protagonistas pero que afectan por igual a las dos posiciones que aspiran a convertirse en mayoritarias en el PSOE de Málaga.
Quienes en la defensa de ambas nos implicamos deberíamos intentar que esos repentinos cambios de pigmentación queden reducidos a la piel y a la dignidad de quienes voluntariamente los producen y no contaminen ni el proceso ni el resultado final.
Porque, como decía Martín Fierro en uno de los consejos que ofrecía a sus hijos:
Muchas cosas pierde el hombre
que a veces las vuelve a hallar;
pero les debo enseñar,
y es bueno que lo recuerden:
si la vergüenza se pierde,
jamás se vuelve a encontrar.
miércoles 4 de junio de 2008
Nadar y guardar la ropa
La organización provincial del Partido Socialista Obrero Español vive estos días un proceso novedoso en Málaga con relación al procedimiento de elección del futuro Secretario General del órgano de dirección.
El procedimiento de aplicación exige que los dos aspirantes a la Secretaría General, antes de ser formalmente candidatos, han de recoger el aval de, al menos, el veinticinco por ciento de los delegados elegidos por las asambleas locales para el Congreso Ordinario del diecinueve de Julio.
Está ofreciendo la militancia un ejemplo de madurez democrática y de manera libre y reflexiva cada uno de los delegados ofrece el apoyo al aspirante que, según su particular criterio, considera más cualificado para la responsabilidad a la que opta.
Pero también está sirviendo este proceso para poner de manifiesto algunas actitudes que, si bien en circunstancias semejantes resultan siempre predecibles en razón de quienes las mantienen, se hacen visibles ahora con mayor rotundidad en función de que cada vez resultan más extemporáneas e inapropiadas.
Me refiero al comportamiento anfibológico de quien pone, al mismo tiempo, vela a dios y al diablo, nada entre dos aguas y pretende asumir un papel de intermediación que nadie le ha pedido. El efecto más negativo de tal comportamiento es que los protagonistas del mismo lo justifican en su deseo de "no hacer daño al Partido", "buscar el diálogo y el entendimiento", "trabajar para que del Congreso salga un Partido unido y fortalecido"..., como si quien de manera valiente, leal y decidida se decanta por una de las opciones estuviera propiciando un escenario dañino, de desencuentro y desconcierto, para el Partido.
Ya está bien de esas actitudes estudiadamente dubitativas y tibias. Si yo fuese Miguel Ángel o Fernando, me dejaría guiar por Gabriel Celaya ("Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse"), me fiaría de quienes van de frente y defienden con naturalidad y firmeza sus convicciones, y no dejaría acercarse a quienes "juegan con dos barajas". No tanto por descubrir y despreciar a los tahúres como por reconocer y premiar a quienes juegan con las cartas conforme van saliendo.

