Hoy ha tenido lugar una Sesión Extraordinaria del Pleno de la Corporación Provincial, que ha venido a clausurar los actos programados con motivo de cumplirse 175 años desde el acuerdo de creación de la Diputación de Málaga. He lamentado no poder responder con mi presencia a la invitación que los ocho años en los que fui Presidente de la Institución justifican.
Las responsabilidades laborales me han impedido asistir y así lo comuniqué al actual Presidente:
"Querido Presidente:
Te agradezco la amable invitación a compartir la Presidencia de la Sesión Extraordinaria del Pleno, conmemorativa del CLXXV aniversario de la Diputación de Málaga, que se va a celebrar el próximo viernes 28 de Octubre. Ni que decir tiene que por razones de tipo político y por otras afectivas me hubiera gustado estar presente en acto tan significativo, de segura emotividad para quienes hemos tenido el honor de trabajar por Málaga y por los malagueños, pero te ruego disculpes mi ausencia, debida al único motivo de que la celebración de la sesión plenaria coincide con el horario lectivo del centro escolar a cuya plantilla pertenezco.
No te quepa duda de que a ninguna otra causa responde la ausencia de un acto que si bien siempre hubiera resultado procedente, lo es de manera especial en momentos en los que de manera precipitada y atrevida se pone en cuestión la existencia misma de las diputaciones.
Deseando que, al igual que los demás actos programados por tan feliz efeméride, la sesión plenaria tenga el brillo y realce merecidos, recibe un cordial saludo y el deseo de que los esfuerzos de la Institución redunden en el progreso de Málaga y en el bienestar de los malagueños"
La fotografía recoge un momento del acto, celebrado el 31 de Marzo de 2009, de reconocimiento a quienes habían sido diputados provinciales desde el 26 de Abril de 1979, coincidiendo con los actos de conmemoración del XXX aniversario de las diputaciones democráticas. De entre quienes en ese período habían presidido la Institución, no estuvieron presentes Luís Pagán, por haber fallecido hacía ya algunos años, y Juan Fraile, que tenía sesión plenaria en el Parlamento Europeo.
viernes, 28 de octubre de 2011
Celebración en la distancia
jueves, 27 de octubre de 2011
Proverbio...
... que no es de Oriente y tradicional sino de ahora y de aquí:
"Hay quien nunca llorará, como un valiente, lo que le quitan, porque suplica, como un cobarde, lo que no merece"
Como, parafraseando los versos de "Homo Sapiens" de Ángel González, el desarrollo y la modernidad han contribuido a que en el presente sean las ovejas más ovejas y más traidores los zorros, ilustro el comentario con una fotografía en la que se recoge el paso aborregado de un rebaño de ovejas por delante del Castillo de La Estrella, en Teba. He elegido la fotografía porque, según el color de las reses, no pueden sentirse retratadas en ella las "ovejas negras".
miércoles, 5 de octubre de 2011
XVII - Cuando vuelvo de la escuela...
… me preocupan las dificultades con las que tropezará quien pretenda restablecer el valor del esfuerzo y su consideración como impulsor de la voluntad de superación del individuo y de la cohesión social, por tanto. Desde hace tiempo se ha instalado entre nosotros la convicción de que los logros que antes se fundamentaban en el trabajo y la entrega son posibles en estos momentos tan sólo con el beneficio de la oportunidad; es decir, la diplomática capacidad de estar en el momento preciso en el lugar adecuado. De entre los elementos que han llevado las cosas a esta situación, no es menor la responsabilidad de la educación, que en los últimos tiempos ha bajado de manera alarmante el nivel de la exigencia, tanto en la fase de información como en lo que tiene que ver con los hábitos.
Pienso que en las aulas no se supo gobernar, en su momento, el cambio que en todos los órdenes trajo consigo el proceso de transición política a la democracia y el deseo de pronta adaptación a un sistema de libertades dio lugar a la valoración equivocada de algunos de los elementos prácticos que habían conformado el sistema educativo hasta entonces. No voy a entrar en el análisis exhaustivo de todos ellos, porque no es éste el lugar ni mi preparación la requerida para ello, pero nadie podrá acusarme de memoria débil porque ésta lleve a recordar cómo en la escuela de aquellos años se rebajó de manera notable el listón en lo que tiene que ver con el esfuerzo individual, porque se pensaba que la demanda de éste dejaba ver inadmisibles intenciones totalitarias que de manera irremediable lastrarían el proceso madurativo del educando.
No conozco a nadie que en su sano juicio defienda la vigencia del dicho de que “la letra con sangre entra”, pero sí a muchos convencidos de que con la lectura, los deberes diarios, la memorización de algunos conocimientos fundamentales, el esmero en la caligrafía y en la ortografía, el cálculo… los más jóvenes adquieren unos conocimientos y se forman en unas conductas que les procuran la disciplina necesaria para encarar la vida de manera estructurada. Y, por supuesto, para apreciar mejor la necesidad de utilizar ordenadamente las nuevas tecnologías. Así pues, la diferencia entre el sistema educativo preconstitucional y el actual no deberíamos, en algunos casos, buscarla tanto en los objetivos a alcanzar como en la manera de llegar a ellos. El método de “palo y tente tieso” es absolutamente rechazable porque en una educación democrática ha de prevalecer el diálogo y el consenso sobre cualquier otra estimación.
Cuando vuelvo de la escuela no tengo duda alguna de que he valorado y disfrutado algunos de los logros alcanzados en razón del esfuerzo que me costó llegar a ellos. Es algo a lo que nadie debería ser ajeno. Como en tantos otros asuntos, no es el esfuerzo uno de los valores de los que la práctica política del presente haga encendida defensa y el campo que debería ser espejo de los buenos hábitos se convierte en el azogue. Mermada está en su calidad la democracia, y la credibilidad que a los ciudadanos merece, por causa del frecuente acceso al gobierno de las formaciones políticas, como paso intermedio para copar el de las instituciones públicas, de holgazanes que cuando deberían haber estado esforzándose para responder a la inversión de la sociedad en su formación se dedicaron a medrar y a intentar convertir en salida profesional lo que ha de ser entendido como compromiso con las ideas. No doy de lado a la culpa que pudiera tener en el hecho de que la anterior sea una circunstancia presente en la tierra desde la que escribo. Por eso he querido tener la voz incondicionada para, al tiempo que asumo responsabilidades, no cargar con las de los demás.
Después, me he puesto a preparar el trabajo de mañana.
lunes, 3 de octubre de 2011
XVI - Cuando vuelvo de la escuela...
… imagino cómo sería un mundo en el que cada cual aspirase a mejorar las circunstancias de su vida porque le llevase a ello el afán de superación, de crecer como persona, y no por imitación a modelos estereotipados o por la irrefrenable necesidad de asemejarse a quienes le rodean. Tan malo para el individuo es el conformismo inmovilista como la desmesurada ambición. La vida ha de convertirse en un esfuerzo constante por ubicarse en un término medio en el que no se ponga freno a nuestras posibilidades y desde el que se tenga siempre el sentido exigido para marcar límites a excesos y precipitaciones.
Si de las dos posibles maneras de actuar al principio enunciadas opta el individuo por la segunda, estará andando el camino que de seguro ha de llevarle al más español de los pecados, según opinión de nuestros paisanos cuando del comportamiento de los demás hablan, porque en lo que a mi juicio respecta he de reconocer que un nulo cosmopolitismo me impide comparar la intensidad de la envidia española con la de quienes viven en otros lugares, e incluso si en esos otros lugares el pecado alcanza entre la población porcentajes semejantes a los de aquí. Pero como son ya cincuenta y siete los años que llevo en este mundo pisando tierra española, me consta nuestra inclinación a desear lo de los demás, sin pararnos a pensar si para algo lo queremos.
Ya hay marcadas tantas prioridades en el proceso educativo que resulta casi imposible servirlas a todas, tanto más cuando se habla de la formación en valores, porque la información con relación a los conocimientos cada vez es más extensa y el horario lectivo sigue siendo el mismo. No obstante, sería conveniente un esfuerzo añadido para abordar en el aula el asunto con la profundidad y decisión que permitiese erradicar, o al menos minorar el número de individuos afectados, un mal que desde hace tanto tiempo viene preocupando a los ciudadanos, porque en su manifestación enfermiza causa daños irreparables en quienes lo padecen y acaba por corroer los cimientos de la convivencia. Probablemente no por causa exclusiva de la envidia, pero seguro que ésta algo tiene que ver en el hecho de que la estructura social de aquí y ahora presente alarmantes síntomas de aluminosis.
Cuando vuelvo de la escuela me lamento de no haber disfrutado de niño de una educación que me hubiese llevado a no desear ciegamente lo que en los demás observo y a conformarme pensando que hay quienes vienen a este mundo con dones y aptitudes a los que nunca podré aspirar. Me pasa, por ejemplo, con el hecho de que lo que escribo en este blog no aparezca en la página web de la formación política a la que pertenezco junto a lo que otros de mis compañeros escriben. He llegado a pensar, con insidia, que estaba siendo objeto de una suerte de censura. ¡Lo atrabiliario que se puede llegar a ser cuando no se tiene la formación suficiente! Menos mal que me he convencido a tiempo de que si estos relatos no aparecen en tan selecto escaparate es porque no tienen la mínima calidad exigida. Tendré que repasar y actualizar las nociones de sintaxis, amén de otros contenidos gramaticales, en vez de dejarme llevar por la envidia.
Después, me he puesto a preparar el trabajo de mañana.
viernes, 30 de septiembre de 2011
XV - Cuando vuelvo de la escuela...
…doy vueltas a la necesidad de que los más jóvenes adquieran conciencia de la importancia de la responsabilidad, entendida en el doble sentido de orientar siempre los actos propios a la realización de lo que en cada momento procede y de asumir las consecuencias que de ellos puedan derivarse. De nada vale suministrarles información sobre las diferentes disciplinas y materias e inculcarles el valor de la laboriosidad si en el proceso educativo no introducimos elementos que les faciliten la capacidad de discernimiento necesaria para acordar la acción que cada circunstancia exige, al tiempo que la preparación y el ánimo precisos para que nunca se desentiendan de lo que, en mayor o menor medida, a la voluntad de cada uno responde.
Cualquier incidencia menor de las que a diario ocurren en el aula ocupada por alumnos de los primeros niveles educativos no pasa de ser una anécdota que hasta puede tener su gracia si el protagonista la tiene, pero casi con toda seguridad ocurrirá que mute en episodio desagradable si no reaccionamos a tiempo, conseguimos delimitar la autoría del hecho, analizamos con los actores la inconveniencia del mismo y les convencemos de que la correcta educación y la actitud responsable recomiendan que se apliquen en la reparación de lo estropeado, sea de naturaleza material o tenga que ver con la buena relación entre los miembros del grupo.
No hay lugar en la educación para la laxitud, por lo que también en los asuntos que persiguen evitar que los individuos se desvinculen de las consecuencias de sus comportamientos es necesario extremar la rigurosidad. Conseguir que un educando sea consciente de que no ha de actuar de manera improcedente porque cualquiera de las acciones de esa índole que protagonice puede acarrear que todo el grupo se quede sin recreo, por ejemplo, tal vez logre impedir que incorpore a su conducta elementos estructurales que en la edad adulta le lleven a patrocinar actitudes que ocasionen situaciones engorrosas.
Cuando vuelvo de la escuela es buen momento para repasar muchas de las actuaciones de las que fui responsable desde la planificación hasta la ejecución y, consecuentemente, pararme a pensar las consecuencias que se derivaron de ellas. No tengo resistencia alguna a reconocer que, desde la perspectiva del tiempo, en unos casos volvería a repetir todo lo actuado, en otros cambiaría algunas de las etapas y en otros directamente optaría por solución distinta a la en su día elegida. Alejarse de las cosas en el tiempo y el espacio concede amplitud de miras y favorece el análisis incondicionado. Tal vez deberían probar la experiencia quienes ni aunque la tierra se abra a sus pies se inmutan, miran siempre para el lugar opuesto al de sus obligaciones, taponan sus oídos a cualquier sonido que no sea el del halago, no se dan por aludidos ante quienes les exigen coherencia y se aplican en responsabilizar a los demás de las consecuencias de sus actos. Seguro que quienes así se conducen dejaron en más de una ocasión sin recreo a sus compañeros de la escuela.
Después, he caído en la cuenta de que tengo todo el fin de semana para preparar el trabajo del lunes.
jueves, 29 de septiembre de 2011
XIV - Cuando vuelvo de la escuela...
… lo hago pensando que uno de los más importantes logros de entre los que la educación concede es el desarrollo por el individuo de la capacidad de discernir entre los comportamientos que responden a las ideas que con relación a cualquier asunto se sustentan y los que entran en abierta contradicción con ellas. Acompasar la práctica al cuerpo teórico que con la educación y la experiencia vamos levantando es algo imprescindible para el individuo que no quiera ver como los otros le rechazan por causa de la incoherencia de su conducta. La formación desde la edad temprana ha de poner especial énfasis en el objetivo de ofrecer a la sociedad hombres y mujeres que se esfuercen en no dejar espacio para la discrepancia entre discurso y acción.
No está el tiempo presente sobrado de ejemplos en los que quienes están en proceso de formación puedan mirarse. La crisis de valores que afecta a la sociedad de nuestros días hace que los medios de comunicación, en una relación mensaje – receptor que puede ser considerado el más auténtico de los círculos viciosos, fabriquen y publiciten modelos carentes de discurso distinto al de la ordinariez, con lo que al menos no incurren en incongruencia cuando en el proceder muestran el mismo nivel de zafiedad. El mundo de la política, que debería ser el ámbito idóneo para llevar a cabo una labor didáctica que conjugase los patrones de los gobernantes con las ofertas educativas de los gobiernos, ha devenido en el peor de los paradigmas, dada la frecuencia con la que las obras contradicen las propuestas.
Por más que desde la educación se trabajen los valores, en concreto el de la coherencia que hoy me ocupa, con la decisión que permita que los educandos los asimilen y pongan en práctica, la presente situación de deterioro en la consideración que la política y quienes a la práctica de la misma se dedican merecen a la ciudadanía no aguanta hasta la mayoría de edad de quienes ahora están en la escuela sin que la salud democrática se vea afectada. Es imprescindible, por tanto, que las formaciones políticas con representación institucional reformulen sus estrategias, obligándose a que todas ellas se vinculen a la necesaria coherencia entre los discursos teóricos, los compromisos programáticos y las acciones de gobierno.
Cuando vuelvo de la escuela me contento pensando que si bien no fui una excepción en el más que enrevesado mundo de la política y participé de los defectos que le alcanzan, he tenido la ocasión de llegar a tiempo a la reflexión sobre lo que en él es censurable y la necesidad de corregir comportamientos dañinos para todos. Estoy en estos días apreciando que como ciudadano de a pie tengo más fácil el servicio a las ideas con las que hace tiempo me comprometí que en la anterior condición de representante público. No sé si fue exactamente esto lo que dijo hace unos meses Felipe González, pero cada vez me siento más militante de la ideología socialista y menos simpatizante de quienes por su responsabilidad deberían poner más tesón y solvencia en la tarea de conseguir que cada vez más ciudadanos las tengan como propias.
Después, me he puesto a preparar el trabajo de mañana.
miércoles, 28 de septiembre de 2011
XIII - Cuando vuelvo de la escuela...
… reflexiono sobre la diferente medida que para valorar las circunstancias, actitudes y conductas se utiliza en según qué ámbito social. Cada profesión, colectivo, organización, tiene su propio lenguaje y una visión singularizada de lo que en torno a ellos sucede. Tienen su lado positivo, sin duda, tales particularidades en las actuaciones sectoriales, puesto que ayuda a una mejor asimilación de los mensajes por parte de los individuos de la comunidad, pero no es menos cierto que para los no iniciados pueden inducir a la confusión en el momento mismo en el que pretendan descifrar los códigos con la información de la que disponen, si ésta la adquirieron en un ámbito y ambiente distinto.
No siempre la valoración negativa por parte de un colectivo está exenta de maldad, pero puedo asegurar que así es en el caso al que quiero referirme, porque nace de un grupo de profesionales serios, rigurosos y responsables, comprometidos con los niños y con la educación. Cuando en un claustro de profesores, sesiones de coordinación o cualquier otra instancia de la actividad docente se habla de que un grupo de un determinado nivel es “malo”, se está haciendo mención a que en la comparación con otro semejante sale desfavorecido por no igualar en el nivel de conocimientos, a que un porcentaje de los alumnos puede presentar retraso madurativo por las más diversas causas, a que la relación de grupo se dificulta por motivaciones muchas veces ajenas al centro educativo. O se está refiriendo quien de manera espontánea emplea el inapropiado adjetivo al hecho de que el grupo precisa de una atención especial.
Convencido de ello estaba cuando no hace todavía un mes me enfrenté a la responsabilidad de elegir grupo de entre los dos existentes en el nivel educativo al que me adscribí. Durante el verano ya había venido recibiendo “advertencias”, por parte de algunos padres de alumnos entonces, sobre la existencia de un grupo bueno y otro no tanto. Informaciones que fueron corroboradas después por los profesionales conocedores de la situación. Tales antecedentes bastaron por sí solos para inclinar mi decisión, movido también por el deseo de comprobar una vez más que la valoración de los demás nunca ha de ser despreciada pero que no es dogma y que incluso prescribe si cambian las circunstancias y las personas.
Cuando vuelvo de la escuela me alegro en la seguridad de haber elegido bien, de tener la suerte de compartir trabajo, enseñanza y aprendizaje con un grupo extraordinario de niños y niñas que no pueden ser malos porque tienen diez años. No quiero pensar que la valoración positiva que hago de mis alumnos es reacción a la que en sentido contrario merecen muchos personajes que me desencantaron apenas empezaron a darse a conocer. Si les aprecio es porque lo valen, porque sus travesuras no son maldades en tamaño infantil sino la exteriorización de una vitalidad dependiente y necesitada de protección. Maldad es la de quienes se sirven de conocimientos y experiencias para programar sus actos destructivos con la frialdad propia del forajido y con el perverso propósito de sembrar la tierra de sal antes de que pueda otro labrarla.
Después, me he puesto a preparar el trabajo de mañana.