Cada cuatro años, cuando se acerca la primavera y de manera tan advertida como las golondrinas y los vencejos, pero con el vuelo más bajo, se hacen notar los síntomas del “Síndrome del plus”, disfunción psíquica con casi inevitables repercusiones somáticas que afecta a muchos candidatos a alcaldes y a concejales que, ufanos de la propia capacidad, no pierden ocasión de manifestar, a ser posible con voz engolada y gesto suficiente, que la alta valoración de la que gozan entre sus conciudadanos aporta un valor añadido a la formación política titular de la candidatura de la que forman parte. Conozco bien esa alteración de la personalidad porque la he padecido.
En circunstancias de normalidad, los efectos de la eventual desviación no van más allá de lo anecdótico, tanto más cuanto, a veces, puede incluso estar justificada, sobre todo en pequeñas localidades en las que la implicación y compromiso del candidato con la sociedad de la que forma parte son determinantes en los resultados de la formación política que le da cobertura. Pero en el momento presente empieza a producir hartazgo el afán de muchos candidatos por distanciarse de lo que se ha venido en llamar “marca PSOE”. Esa fatiga, en mi caso, responde al desasosiego que me provoca que hombres y mujeres de tan arrebatador carisma hayan dejado pasar la ocasión de concurrir como independientes a un proceso electoral que, estoy seguro, habrían ganado de corrido sin el perverso efecto contaminante del partido al que se han vinculado. No deberían privarnos de la gozosa contemplación de los éxitos individuales que el destino les tenía reservado.
Empiezo a estar, sí, un poco cansado de que quienes deberían estar ocupados en prestar lo mejor de sí mismos para ayudar a desterrar las dificultades que alcanzan a una parte importante de la sociedad, cooperando con sus compañeros en superar la situación de deterioro de la imagen del Partido y de sus responsables más visibles, dediquen su tiempo y esfuerzos justamente a lo contrario, minando cualquier posibilidad de recuperación y poniendo de manifiesto la preocupante falta de un sentimiento de pertenencia sin el cual no hay posibilidades de cohesionar y dar vigor al grupo.
Pero, sin duda es el signo de los tiempos, la moda para algunos socialistas es coincidir en la calle y en tertulias con quienes advierten descrédito en “la marca PSOE” y, con una incomprensible energía, desacreditar abiertamente al Presidente del Gobierno socialista, haciéndole responsable de todos y cada uno de los males reales o inventados.
Bien. Por más que miro debajo de las alfombras y por el ojo de la cerradura, no encuentro elementos de debilidad y de perjuicio para sus afiliados en una formación política que, con “la que viene cayendo” desde hace algunos años y con la desagradable responsabilidad asumida en el tratamiento de la crisis, sustenta un suelo electoral que no baja en ningún caso del treinta por ciento. Así que no sería mala estrategia que volcásemos nuestra ambición en fortalecer la marca, poniendo en ello el mismo entusiasmo que deberíamos sacar a colación para desenmascarar a quienes con su comportamiento irresponsable, alejado en ocasiones de lo que tiene que ver con la gestión de la crisis, colocaron cargas de profundidad en la nave de la que les habíamos entregado el timón.
Por otra parte, creo que es el momento de parar la ofensiva irracional por la que a José Luís Rodríguez Zapatero se le hace culpable a título individual de todas las medidas que producen rechazo entre la población española. Vamos a ver: ¿sólo Rodríguez Zapatero es gobierno en todo el Estado? ¿En la situación de pérdida de credibilidad y sintonía con los ciudadanos que hoy sufre el PSOE no tenemos responsabilidad los concejales, alcaldes, presidentes de diputaciones, parlamentarios, miembros de los gobiernos autonómico y estatal…? ¿Somos seráficos todos los socialistas y es diabólico el Presidente del Gobierno? Dicho para que se entienda: no estaría mal que cada uno aguantemos la vela que nos ha tocado en suerte.
No es la primera vez que traigo a este espacio de expresión a Felipe González, pero he de reconocer que en esta ocasión lo hago con un punto más de convicción, la misma que me provoca una reciente reflexión de quien casi siempre que habla lo hace desde la razón ensolerada con la experiencia: “en tiempo de crisis, militancia pura y dura”.
Los militantes, los simpatizantes, venimos hoy más que nunca obligados a demostrar que para los candidatos y para la sociedad española sigue siendo un plus contar con una formación política capaz de acreditar la hoja de servicios que desde hace un siglo y la tercera parte de otro ha ido escribiendo el Partido Socialista Obrero Español.
martes, 1 de marzo de 2011
"Síndrome del plus"
lunes, 3 de enero de 2011
Puerto donde arribo - IX
Casi seis meses y medio después de hacerlo con el octavo de los sonetos del librito publicado en 2001, inserto hoy la actualización de un nuevo poema de los incluidos en "Puerto donde arribo". Había quedado con los lectores del blog en que la poesía fuese antídoto, para quien lo necesitase, contra el síndrome de las tardes de los domingos. Puede parecer un contrasentido porque en muchas ocasiones los versos incitan a la añoranza, a la nostalgia, a la melancolía y lo que harían, entonces, sería ahondar en las mismas. Pero no es menos cierto que, aun cuando suscite tales emociones, la poesía excita la imaginación, activa la memoria y nos aleja de la abulia. Pues bien, a partir de ahora intentaré excitar la imaginación y activar la memoria, ojalá fuese capaz de hacerlo, sin periodicidad definida porque la añoranza, la nostalgia y la melancolía no están esperando las tardes de los domingos para plantar sus reales.
Llegaste a mi presente adormecido
cuando el tiempo los sueños cancelaba
y el coraje la sangre desterraba
al exilio del frío y del olvido.
Aliento halló en tu seno mi sentido
y en la tuya mi piel se acrecentaba.
De clara que te vi no imaginaba
que al amor pretendieras sometido.
Por ti escribía el verso transparente
y el mundo clausuré tras de la venda,
que de tu religión fui penitente.
Porque te amé, sin que me duela prenda,
para evitar la voz indiferente
he borrado tu móvil de mi agenda.
sábado, 1 de enero de 2011
Buenas intenciones
Como consecuencia de un proceso tranquilo y lógico advierto que, a medida que voy cumpliendo años, se acorta la nómina de las buenas intenciones coincidentes con el inicio de cada año, sin que tenga que ver con la relajación que el acomodo acaba imponiendo a la voluntad, sino más bien con el ejercicio de la misma en anteriores ocasiones o con la falta de motivación a la hora de acometer cambios en la manera de vivir a la que cada vez está uno más acostumbrado.
De entre las buenas intenciones más repetidas cada vez que termina un año y otro comienza, entresaco dos que, a fuerza de proponérmelo, di ya por cumplidas: hace más de una década que practico una hora de deporte cada uno de los días del año y hace catorce meses y veintisiete días que dejé de fumar. Así que, en estas fechas en las que tantos intentan alcanzar idéntico objetivo al que en su día me propuse, reafirmo el compromiso de que ambas decisiones sean definitivas. Si alguien que lea esto coincide en sus pretensiones de año nuevo con una o con las dos de las que en su día fueron mías, le aliento a que no espere un solo momento para adoptar la determinación de convertir en realidad la intención. Que empiece por la actividad deportiva diaria que del tabaco ya le alejarán por ley.
Aun reconociendo que no en muchas ocasiones, a veces las buenas intenciones cuajan y acaban originando un punto de inflexión en nuestras vidas, con resultados casi siempre beneficiosos puesto que nadie se propone introducir voluntariamente en su comportamiento cambios que le puedan suponer perjuicio. Aunque no siempre, el propósito es la antesala de la decisión y, por tanto, no es despreciable que durante unos días al año la preocupación más extendida sea la que tiene que ver con el viejo adagio de “año nuevo, vida nueva”. No obstante, para evitar desencantos y frustraciones, deberíamos encarar nuestras aspiraciones con el convencimiento de que no tenemos que jugarnos la vida cada uno de enero a partir de las cero horas.
También en estas fechas es caso excepcional quien no manifiesta una larga lista de deseos que tiene que ver con las buenas intenciones para con los demás. No escapo a esa costumbre y durante días he ido trasladando a buena parte de mis amigos y conocidos un amplio y diverso muestrario de mensajes en los que he pretendido que la palabra les acerque a la sinceridad de los buenos propósitos que con relación a ellos mi afecto suscita.
Como entiendo bien cubierto el cupo de mis buenos deseos para con los demás, aprovecho esta primera entrada de 2011 para pedir uno, sólo uno, para mí. No me va la vida en ello, ni cambiará el rumbo planetario caso de que suceda lo pretendido, pero si quien puede hacerlo accediera a lo por mí deseado, tal vez estaríamos en el punto de salida para empezar a forjar una sociedad en la que las personas puedan mirarse de frente. Con relación a lo que signifique un cambio en mi vida, me daría por satisfecho si en el año que acaba de nacer alguno de los conocidos que hasta ahora no lo hace fuese capaz de convertirse en protagonista de una buena acción, sólo una, aunque para ello tuviese que pronunciar una mala palabra, invirtiendo el orden tan del gusto de quienes hasta que no son descubiertos pasan por “políticamente correctos” pero que nunca alcanzan la exactitud en su vertiente humana.
domingo, 19 de diciembre de 2010
Esperanza
Nunca baja del monte un mismo río
ni es la misma la luz de la mañana
que te inunda. Cuando abres la ventana
y al día la mirada, está vacío
tu espacio. Piensa, entonces, que un desvío
hace un camino y cómo al sol le gana
la nube la batalla. Que no es vana
la espera de la lluvia en el estío.
Verás que un corazón, al mundo abierto,
de impulso nuevo con su voz la tierra
llena. La voluntad frente a lo incierto
rompe la reja que al futuro encierra
y es simiente que anuncia el fruto cierto,
agua para la mar, viento en la sierra.
A quienes al alcance la tienen, felicidad en estas fiestas y la invitación a intentar, al menos, que cada año nuevas personas abandonen el grupo de los ajenos a ella. Hagamos corresponder, de vez en cuando, cada uno de nuestros deseos buenos con un buen acto. Y que, en la misma proporción, nuestra palabra sea más un compromiso que un ejercicio retórico.
¡Salud para las fiestas y para el tiempo por venir!
domingo, 5 de diciembre de 2010
Así, cualquiera
Como quiera que hace unos días el Gobierno de España aprobó la entrada de capital privado en la gestión de los aeropuertos de Barajas y El Prat, ha sido inevitable que en el resto de España se hagan cábalas sobre el futuro que aguarda a los aeródromos locales. En Málaga, se extiende el rumor de que puede ser el Pablo Ruiz Picasso el próximo en incorporarse al proceso de privatización.
Por tanto, es inevitable que la prensa interese de los responsables públicos la opinión sobre asunto de tanta actualidad y repercusión. Hoy he visto publicada una pieza informativa en la que aparece la mía: tras confesar que carezco de elementos de información suficientes para emitir un juicio contundente, me muestro partidario de que se mantenga el carácter público de nuestro aeropuerto internacional. No parece lógico que tras inaugurarse hace unos meses la nueva terminal, que posibilitará un tránsito de treinta millones de pasajeros anuales por él, y con la expectativa de la entrada en funcionamiento de la segunda pista ahora en construcción, el efecto inmediato sea que el capital privado obtiene beneficios a costa de la inversión pública.
En la misma pieza a la que hacía referencia, un analista económico, que debe ser de los más inteligentes porque tiene un cargo de mucha relevancia entre los de su ramo en Andalucía, afirma que la iniciativa privada gestiona con más eficiencia que la administración pública. Primer desacuerdo: esa afirmación es más un tópico que una realidad. La gestión privada de un bien procura obtener beneficios económicos, pero ese no sólo no debe ser el único sino que no puede ser, en la mayor parte de los casos, el más importante objetivo para una empresa pública. Así que no se comparen peras con manzanas para llegar a la conclusión que interesa. Además, si se hiciera de público conocimiento el número de empresas privadas que cierran cada día por causa de la mala gestión de sus directivos, el tópico se desmoronaría.
Prosigue el portavoz de los analistas andaluces aventurando que probablemente sólo suceda en el caso de Málaga que el capital privado esté dispuesto a incorporarse a la gestión del aeropuerto y que tal circunstancia, previsiblemente, no se producirá en los del resto de Andalucía. Segundo desacuerdo: ¿Dónde están entonces los criterios de eficiencia? Para ser consecuente con su anterior pronunciamiento con relación a los beneficios de la gestión privada sobre la pública, el avezado economista podría haber manifestado que privatizando los aeropuertos de Sevilla, Granada, Jerez de la Frontera, Córdoba y Almería se vería de inmediato que empezaban a ser rentables como consecuencia de la eficiente gestión de sus nuevos propietarios.
Pero me temo que no van por ahí los intereses de quienes defienden la entrada de capital privado en la gestión de los aeropuertos. A la vista de algunas otras declaraciones en consonancia con la antes analizada, se pretende establecer el criterio de eficiencia en la gestión privada para los aeropuertos con instalaciones modernas y con un número elevado de usuarios y dejar el resto en las “inexpertas manos públicas”. Así, cualquiera. Si terminan imponiéndose los criterios exclusivamente economicistas y se privatizan sólo los aeropuertos potencialmente rentables, sería deseable que la administración pública siga garantizando que los habitantes de ciudades con aeropuertos poco o nada rentables puedan conectarse por ruta aérea con otras ciudades. El Estado, entonces, no habrá hecho dejación de la obligación de favorecer la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos de su territorio y hasta puede que, al contar con los ingresos derivados de la participación de la iniciativa privada en una empresa hasta ahora de capital público, el gobierno dé marcha atrás en la decisión de no prorrogar el subsidio de 426 € mensuales para quienes han agotado las prestaciones por desempleo contributivo.
lunes, 1 de noviembre de 2010
Papafritas
No existe en el Diccionario de la Real Academia Española el término “papafrita” referido a una persona pero, en razón de las aptitudes y comportamientos de aquellas a las que se les aplica por el ingenio popular malagueño, podríamos definirlo como “majara con estudios”.
Estudios, cara de repelente y afectación a raudales tiene Juan Manuel de Prada, que alcanzó el honor de ser el primer intelectual en burlarse de las lágrimas que, en el acto de su relevo, derramó el que hasta hace unas semanas era Ministro de Asuntos Exteriores. Como parece ser que la imaginación y la capacidad de fabular se le agotaron hace años, echó mano de la leyenda de Boabdil y de su madre después de que el primero entregara Granada a las tropas cristianas. A pesar de ese desprecio a la expresión emocionada de Moratinos, no es precisamente la de recio varón la imagen que desprende el que pasa por ser uno de los más apreciados columnistas de la derecha más reaccionaria.
Estudios, cara de chulo y prepotencia desbordada tiene Pérez Reverte, a quien por ser miembro de la Real Academia Española se podría encargar la defensa de la inclusión del término con el que titulo esta entrada en la próxima revisión del Diccionario, aprovechando la cada vez más frecuente similitud de su comportamiento con el que se le supone al “papafrita”. Éste no tiró de fábula histórica, seguramente porque las que aún no ha utilizado las guarda para futuros guiones cinematográficos, y con la educada expresión que es de esperar en todo un señor académico definió a Moratinos como “un mierda”. ¡Qué firmeza impoluta! ¡Qué temperamental aplomo! ¡Qué gallardía sublime! ¡Qué sosiego procura la contemporaneidad con tan irreductible baluarte de la raza hispana!
Menos mal que el descrédito que sufrió el académico ante los blandengues insensibles a tan fervorosa muestra de entereza quedó minimizado por los efectos de la “doctrina González Sinde” que, aunque estoy seguro que el alto nivel de conocimiento de su autora hace innecesaria la aclaración, como tal ha quedado registrada la argumentación de la Ministra de Cultura (que también tiene estudios) en el sentido de que los intelectuales están legitimados para opinar sin limitación de tipo alguno de aquello que consideren oportuno. Desconozco si la deposición ministerial tiene efectos retroactivos y se puede acoger a sus beneficios quien comparó la emoción de Moratinos con la que al rey moro causó la pérdida de Granada. Como desconozco si la Ministra considera que el resto de los mortales, aunque no seamos intelectuales, podemos opinar con libertad y respeto, eso sí, de aquello que bien nos parezca.
Quien, seguro, no se beneficiará de la patente de corso que la Ministra concede a los intelectuales es el Delegado de Cultura del Ayuntamiento de Málaga, por carecer de méritos siquiera mínimos para ser considerado como tal. En razón de la intervención que el pasado jueves protagonizó en la sesión plenaria en la que se debatía sobre el rechazo del proyecto presentado para la nominación de Málaga como capital cultural de Europa en 2016, tampoco parece que los estudios le hayan servido para mucho, pero paso por alto tal extremo con el fin de no rebajarle la condición que su aptitud y comportamiento merecen. Resultó el mentado Delegado un aventajado epígono del columnista amante de los cuentos de la Alhambra y no quiso desperdiciar la ocasión de insultar a Miguel Ángel Moratinos, sin darse cuenta de que actuaba como portavoz de aquellos a los que nadie exige lágrimas, pero sí al menos una responsable autocrítica por el fracaso de lo que no supieron defender con la entrega y convicción que la ocasión exigía y los malagueños merecíamos.
miércoles, 20 de octubre de 2010
Redes
No tengo nada contra las que, aunque el nombre original haya perdido actualidad a favor de nuevas denominaciones, fueron en un principio llamadas nuevas tecnologías. Más aún, entiendo y estoy convencido de que para el desarrollo ordenado de la sociedad actual son ineludibles e imprescindibles. Tal vez por eso me resulta difícil comprender que hagan mal uso de ellas aquellos a los que suponemos la formación suficiente para que su comportamiento no entre en colisión con el uso racional de lo que, al fin y a la postre, no es más que una herramienta, manipulable por tanto, que amenaza con convertirse en el quinto poder, ocupando por invasión parte del cuarto y condicionando la configuración de los tres primeros desde un espacio que escapa a los controles democráticos.
No estoy en las redes sociales. Puede que la tendencia arrolladora acabe envolviéndome y termine por incorporarme a las mismas ante el temor de ser catalogado de antediluviano. En estas cosas conviene resistir lo necesario, pero no hasta el punto de quedarse aislado en la defensa de posiciones refractarias. A pesar de que no participo de las mismas, como decía, amigos que sí están en esas redes me informan de lo que por ellas circula, lo que me atrinchera más en la intención de permanecer, por ahora, al margen de una situación que, me parece, no aporta gran cosa a la sociedad de la información y el conocimiento.
La misma que se fortalecería si un diputado que tiene la posibilidad, y la aprovecha, hace llegar a sus electores y a los ciudadanos en general las iniciativas parlamentarias de las que es protagonista él mismo o la formación a la que pertenece, los trabajos a favor de aquellos a los que representa, las iniciativas que ronda por su mente. O si un concejal pone a disposición de quien quiera acceder a ella información de los esfuerzos que, desde el gobierno o la oposición, realiza a favor de la mejora de la calidad de vida de sus vecinos, las propuestas en las que trabaja, los proyectos que prepara. O si un profesional comparte con todos, de manera especial con quienes puedan tener su mismo campo de intereses, las inquietudes, la experiencia, las aspiraciones. O si un empleado reclama solidaridad ante la difícil situación por la que atraviesa la empresa para la que trabaja. O si un estudiante se sirve de la facilidad en el contacto para solicitar aclaración ante cualquier duda que le surja en su ocupación. O si una mujer o un hombre utilizan el medio para trasladar proclamas a favor de la igualdad.
Claro que, entonces, nadie se preocuparía por los daños que puede ocasionar una herramienta de uso masivo que se utiliza de manera improcedente. Y es que, por asemejarse a lo tratado en el antiguo patio de vecindad o a la bazofia imperante en la mayoría de las televisiones en horarios cada vez más amplios, nada me interesa la playa en que se bañen, la hora en que tomen café, la manera en que se vistan, el lugar en el que piensan pasar las vacaciones, ni nada que afecte a la intimidad de los diputados, los concejales, los profesionales, los empleados, los estudiantes, los hombres y la mujeres.