Es la imagen-duda que me provocan algunas de las decisiones que tienen que ver con la ordenación urbana de la Málaga para el futuro.
Para no perder la oportunidad de disponer en la ciudad de un edificio singular diseñado por un arquitecto de relumbrón, y toda vez que de manera definitiva se renunció a que el Puerto de la ciudad acogiera una construcción con vocación de emblemática, se cambia la ordenación de la zona centro para dar acogida a un hotel cuyos promotores han tenido la fortuna de haber encargado el proyecto técnico a Rafael Moneo. Se cambia la ordenación doblando el número de plantas permitidas por la norma en vigor y no solamente para el hotel sino que, desde el Pasillo de Atocha a La Goleta, en toda la cornisa del Guadalmedina podrá construirse en idénticos términos.
Seguramente quienes tienen la responsabilidad de favorecer un crecimiento racional y armonizado de la ciudad habrán previsto, al mismo tiempo que la elevación de los futuros edificios, la manera en que se va a dar salida a los flujos de tráfico que generará una población residente de crecimiento exponencial, una vez la zona se vaya desarrollando conforme a las modificaciones ahora propuestas.
Quienes tienen la responsabilidad de dar respuesta coherente a las posibilidades de desarrollo de la ciudad habrán pensado, una vez decididos a ampliar antes que a rehabilitar, habrán decidido, digo, qué hacer con el espacio de ruina desolada limitado por la Avenida de la Rosaleda, La Cruz del Molinillo, Ollerías y Carretería, que quedará a espaldas de esa fila de bloques de diez pisos.
Estoy seguro que quienes han propiciado tan sustancial modificación del Plan Especial hasta ahora de aplicación tendrán decidido qué hacer con el Guadalmedina, a no ser que pretendan favorecer en pleno centro de la ciudad una zona residencial, de muy baja densidad hoy pero elevada en función de las expectativas abiertas, cercada por el desértico amasijo de calles y edificios fantasmales y por la espina del cauce seco, más doliente aún si se acomete una ordenación de la zona que no contemple dar respuesta a la histórica frustración del río-pantalla.
Tal vez algunas de las interrogantes que planteo tienen respuesta en el mismo acuerdo que permite la modificación del Plan Especial. Pueden estar convencidos de que deseo que así sea y que mis temores resulten infundados. Mientras obtengo más y mejor información, si es que alguna instancia dispone de ella, me asalta una duda que no deja de ser una curiosidad menor: ¿las diez plantas, en el caso del edificio de las antiguas Galerías Rodríguez, se computarán tomando como referencia la Avenida de la Rosaleda o la Calle Carretería? Y otra: ¿creará la decisión respecto al “hotel de Moneo” precedente con relación a futuras actuaciones urbanísticas cuyos promotores pretendan darles singularidad contratando para la redacción del proyecto técnico a un prestigioso y afamado arquitecto?
Por el bien de la ciudad, ojalá todas las incertidumbres aquí planteadas sean sólo tales y el acuerdo alcanzado sea la garantía para el desarrollo integral, y no sólo residencial, de un espacio que puede convertirse en modelo para una amplia parte del centro histórico de Málaga que aún carece de él.
miércoles, 29 de septiembre de 2010
¿Ponerse colonia antes de la ducha?
martes, 21 de septiembre de 2010
Reparación
El Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía, en su reunión de hoy, ha acordado indemnizar con 1.800 Euros a las mujeres andaluzas que sufrieron vejación durante el franquismo.
Desgraciadamente, no serán muchas las que, cumpliendo los requisitos exigidos para optar a la ayuda, puedan percibirla. Ha pasado mucho tiempo. Demasiado tiempo de silencio, de rebeldía disimulada, de mirar para otro lado. Pero, no obstante, ha sido corto el tiempo para el olvido. Porque cuando la memoria es parte irrenunciable del patrimonio individual no hay manera de ocultarla, no hay posibilidad de ignorarla.
En los primeros días de febrero de 1937 las tropas sublevadas contra la República entraron en El Borge, mi pueblo de la Axarquía. Al día siguiente, todas las mujeres que habían manifestado su afección al legítimo gobierno de España fueron retenidas. Mandaron por aceite de ricino a Vélez-Málaga. El enviado volvió sin el encargo porque, según manifestó, no lo encontró en parte alguna. Todas las mujeres, jóvenes, maduras y ancianas, fueron rapadas.
Entre esas mujeres estaban mi madre y Victoria, prima hermana por dos veces de mi padre, que son las únicas que aún viven. Al siguiente del infausto día de la toma de mi pueblo por el ejército fascista, las obligaron a marchar en procesión detrás de una imagen religiosa.
Quienes me conocen, tal vez entiendan con esta entrada por qué me niego a asistir a cualquier procesión. Y es que, cada vez que siento pasar una cerca de donde estoy, veo el rostro sorprendido de una joven con el pelo violentamente cortado. Afortunadamente, la vida me ha deparado la oportunidad de ver como aquella adolescente lleva con dificultad, pero los lleva, casi noventa años de coraje y dignidad.
Cuando mañana se lo cuente, estará contenta y orgullosa de saber que un gobierno socialista mantiene la memoria. La misma que ella nunca ha perdido.
Como el efecto reparador del reconocimiento institucional supera el valor de cualquier prestación económica, lo que hoy ha aprobado el Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía supone, para mí, poner mil ochocientos cabellos largos y fuertes en la limpia cabeza de una niña de dieciséis años.
sábado, 11 de septiembre de 2010
¿Osadía o ignorancia?
Deberíamos quienes nos dedicamos a la práctica política (más necesaria en tanto que más interesados en devaluarla, como primer paso a su desaparición, lleven a cabo su apocalíptica negación) procurar decir el menor número posible de tonterías. Sería deseable no decir una sola, pero soy consciente de que ello nos resultaría difícil, dado que en cualquier momento y lugar hemos de someternos, voluntariamente unas veces y porque estamos deseándolo otras (aunque también es verdad que, aunque menos, hay ocasiones en que somos solicitados), al público pronunciamiento sobre las más diversas cuestiones, intentando suplir con audacia y valentía el desconocimiento de la materia sobre la que nos vemos obligados a opinar si para ello somos requeridos de manera inesperada, lo que a menudo sucede.
Porque no siempre es la misma la presión a la que estamos sometidos en función de las dificultades de la acción de gobierno o de oposición, del clima social más o menos favorable a nuestras posiciones, de las decisiones propias o las de otras administraciones que influyen sobre aquella a la que nos debemos, y de una larga serie de circunstancias que condicionan el ejercicio de la política tanto en el plano orgánico como institucional, no es difícil apreciar períodos en los que estamos más espesos, dialécticamente abotargados, impertinentes incluso. No me excluyo, por supuesto. De ponerlo de manifiesto ya se encargan otros, con mayor o menor inquina, según el opinante sea del propio partido o de alguno de los adversarios. Advierto que en el párrafo anterior, desde “con mayor…” a “adversarios”, el orden de las palabras responde a la intensidad en el comportamiento. Por razón de convencimiento democrático, no entro a calificar la manera de criticar y evaluar nuestra actuación que lleva a cabo la prensa. La prensa democrática, quiero decir.
Viene esto a cuento de que, en la última semana, el presidente provincial del Partido Popular en Málaga se está superando a sí mismo. A la vista está que sus esfuerzos han conseguido hacerle líder del pelotón, contribuyendo a ello, en un primer momento, el interés mostrado en capitalizar de manera exclusiva, a través de las redes sociales, el paso de la vuelta ciclista a España por la ciudad de cuyo ayuntamiento es teniente de alcalde. No menos determinantes resultaron sus declaraciones sobre el Museo Picasso Málaga tres semanas antes de que tengamos que defender ante los responsables de la Unión Europea el proyecto de capitalidad cultural en 2016. Y concluyentes, entiendo, son las afirmaciones que esta misma tarde leo del señor Bendodo. Hablando de la estrategia electoral de su partido en la ciudad de Antequera dice que los socialistas (se refería, probablemente, a los de Antequera, pero yo me corresponsabilizo de la acción de mis compañeros mientras no se evidencien lesivas para la ciudadanía o delictivas) tenemos a Antequera por nuestro cortijo.
Me ahorraré adjetivos que, a borbotones, me vienen a la mente para calificar la afirmación que el señor Bendodo sólo ha podido hacer porque es un osado o un ignorante. De otra manera no se le hubiera ocurrido venir a Antequera (¡a Antequera!) a decir que los socialistas la tenemos como nuestro cortijo. Eso es osadía. E ignorancia es venir a decir lo que ha dicho a una tierra que ha sufrido, tanto como la que más de Andalucía, los excesos del latifundio. Y nunca fueron socialistas los propietarios. Una tierra en la que su gente sufrió con crudeza (y viven todavía muchos que pueden contarlo) humillaciones sin fin en cortijos cuyos propietarios no eran socialistas. Una tierra en la que los propietarios de muchos cortijos, que no eran socialistas, no tenían pudor en mandar echar a los cerdos algunos alimentos, antes de calmar con ellos el hambre de los jornaleros.
El señor Bendodo es sin duda afortunado si de niño no vio a su padre salir con la hoz, los deíles y una manta casi por exclusivo equipaje, a un cortijo de Gobantes, ya que de Antequera hablamos. Si algún día viene al caso puedo hablar también de Écija o de Osuna, por señalar los lugares a los que de manera habitual salían cada año las cuadrillas de segadores de mi pueblo. Y más afortunado todavía es el presidente provincial del Partido Popular si nunca vio a su padre regresar varias semanas después “renegrío”, con la cara cuarteada por el sol más asesino que abrasador, con cortes en las manos y en los brazos, con una curvatura en la espalda que tardaba días en desaparecer…
Aunque no las olvido, no voy a reproducir las historias que de los cortijos de Antequera contaba mi padre. Pero tengo la certeza de que en todo el término municipal de Antequera (de los más grandes de España) la realidad es bien distinta de aquella que sufrió la generación anterior a la nuestra. Y con quien ponga en duda que la acción de gobierno de los socialistas en España, en Andalucía, en la provincia de Málaga y en Antequera ha sido el eje que ha movido el cambio al progreso y al bienestar de estas tierras y de su gente, no voy a debatir, porque nunca lo haré con quien mantenga posiciones de ofuscamiento, bien por sectarismo, bien porque su coeficiente intelectual no da para más. O bien porque está obsesionado con volver al tiempo de los cortijos.
domingo, 29 de agosto de 2010
Hacerse entender
No hace una semana aún que saludé a un conocido, al que hacía tiempo no veía, en el lugar al que la ocupación deportiva de nuestros respectivos hijos le lleva a él casi a diario y a mí cuando puedo, que suele ser casi nunca, a no ser que, como en la ocasión que cuento, la práctica futbolística coincida con algunos de los días que las tareas habituales me dejan libres.
Mientras esperábamos el inicio del partido, charlamos sobre diferentes asuntos, entre los que no podían faltar la crisis y el asfixiante calor que, como cada verano, nos parece supera el de cualquier temporada estival anterior. Como también es frecuente, al menos entre personas siquiera mínimamente sensibilizadas con las circunstancias de su entorno, terminamos hablando de política.
Poco antes de la conversación que refiero apareció en prensa que una de las formaciones políticas con implantación en toda la provincia había elegido la persona que en las próximas elecciones locales optará a ganar la alcaldía de la localidad de residencia de mi interlocutor. Le pregunté por la consideración que la persona elegida merece a sus conciudadanos y por las posibilidades que tiene de obtener buenos resultados en los comicios del próximo mes de mayo, interesando de él tanto la opinión personal como aquellas otras recogidas sobre el asunto en el círculo de vecinos, amistades y familiares.
Me dio una respuesta que más que opinión entendí como todo un tratado sobre una de las capacidades que nunca ha de faltar a quienes pretendan obtener la confianza de los ciudadanos para convertirse en su representante: “Habla muy bien, pero nadie entiende lo que dice”. Nadie de entre quienes por afinidad con la formación política con la que concurre pudiera tener la intención de votar la candidatura que encabezará, aclaró el improvisado politólogo.
Para cualquier profesión es un difícil escollo la incapacidad de hacer el propio mensaje entendible para los destinatarios del mismo. En política, es una rémora insalvable. Si no se acompasa el discurso al auditorio, el oyente acaba por “taparse los oídos”, al considerar estridente un sonido imposible de descifrar.
Una buena manera de empezar a recuperar el crédito de la política, tan devaluada en el momento presente, es volcar nuestros esfuerzos en la dirección de hacernos entender por aquellos a los que hemos de informar, primero, y sumar a nuestra causa, después. Hay una receta que casi siempre da buenos resultados: hablar siempre de lo que se sabe y no caer nunca en la tentación de pretender convencer a quienes escuchan de aquello en lo que nosotros no creemos. Ayuda, igualmente, la elección adecuada del asunto a tratar en cada momento y circunstancia, huyendo de los discursos inamovibles. Y, si se tiene tiempo y ocasión, escuchar alguna intervención de Felipe González, como ejercicio teórico-práctico. Es la mejor escuela de formación para oradores. Para muchas más cosas también, pero ahora hablo de hacerse entender.
jueves, 26 de agosto de 2010
No tan a la ligera
Estoy convencido, como no puede ser de otra manera queriendo ser digno de la sociedad democrática en la que vivo, de que todos los individuos que la conforman están legitimados para exponer sus opiniones sobre las más diversas cuestiones en cualquier tiempo y lugar, aunque de manera voluntaria debieran imponerse los límites del buen criterio y del respeto a los demás. Aunque es frecuente que quienes no se atienen ni al uno ni al otro aprovechen las circunstancias más inoportunas para hacer oír sus voces destempladas, ofreciendo particulares puntos de vista incluso con relación a las más espinosas situaciones.
La imprudencia ha distorsionado siempre la convivencia, pero en lo que tenía que ver con las opiniones individuales el daño apenas rebasaba el círculo íntimo de quienes se pronunciaban sobre algún asunto sin meditar lo suficiente. Sólo los personajes con un cierto grado de influencia en la sociedad, los escritores y los periodistas tenían posibilidades de trascender con sus puntos de vista los ámbitos locales. Pero ahora ha cambiado sustancialmente la situación. Las tecnologías de la información y el conocimiento, tan útiles e imprescindibles ya para casi todo, facilitan que cualquiera pueda poner sus análisis al alcance del mundo. Esta nueva posibilidad de comunicación es enriquecedora cuando los mensajes que transitan por la red responden, al menos, a ese buen criterio y respeto a los demás a los que antes me refería.
Pero nadie me discutirá que el intercambio de opiniones poco o nada razonadas es una potencial herramienta de distorsión de los asuntos tratados y propicia debates ficticios por causa de la tergiversación a la que conducen las formulaciones precipitadas que, casi siempre, son fruto más de la vehemencia que de la capacidad de discernir de sus autores.
Hago estas consideraciones a colación del debate abierto sobre si el gobierno de España ha actuado bien o mal con relación a la liberación de los dos cooperantes catalanes secuestrados durante meses por la rama magrebí de Al-Qaeda. Cualquiera con buen criterio pensaría que se trata de un asunto peliagudo, de ramificaciones complejas, sobre el que resulta arriesgado opinar a la ligera. Cualquiera con un mínimo sentido del respeto lo tendría a los dos liberados y a sus familiares y aplazaría sus comentarios, si es que realmente siente necesidad de darles salida, hasta en tanto se determine en las instancias pertinentes lo acertado o no de la acción gubernamental.
Pero, qué va. Cientos, miles, de espontáneos analistas ocupan la red con hirientes comentarios en los que, en muchos casos, no es difícil observar una clara intención de deteriorar al gobierno, por encima del afán de encontrar respuesta esclarecedora del asunto que les ocupa. Más preocupante, todavía, es observar como algunas formaciones políticas se pronuncian con una censurable falta de coherencia si el posicionamiento de ahora se enfrenta al que mantuvieron en el pasado en circunstancias parecidas. Unos y otras me llevan a pensar que, independientemente de cuál hubiese sido la actitud del gobierno, la suya hubiese sido de censura.
Pues vaya la mía para quienes ni tan siquiera han aguardado a que los dos cooperantes hayan terminado de abrazar a sus íntimos. Y, de manera especial, para aquellos a los que he escuchado o leído el peregrino argumento de que los ahora liberados son los principales culpables de su propio sufrimiento por haberse metido donde se metieron en sus afanes solidarios.
El silencio es bastante más democrático que la palabra inconsciente.
martes, 24 de agosto de 2010
Almola
Todo el año, y de manera especial en los meses veraniegos, he de aguantar las críticas de adversarios políticos, y de quienes sin serlo se comportan como tales, que entienden desmedida e injustificada mi presencia en las fiestas y ferias a las que soy invitado por los responsables de los gobiernos de un gran número de municipios de la provincia. Por regla general, la mayor parte de las críticas se adornan con la acusación de que mi asistencia a tales celebraciones responde de manera exclusiva al deseo de disfrutar de las excelencias de la comida y bebida de nuestra provincia.
A veces, resulta algo cansado soportar impasible tan estúpidas arbitrariedades, pero el desánimo momentáneo lo supero pensando que mis adversarios políticos, y los que sin serlo se comportan como si lo fueran, critican porque no conocen el número de malagueños a los que he dado la mano en las fiestas de sus pueblos, a los que he mirado a la cara en las fiestas de sus pueblos, a los que he saludado cuando, con motivo de las fiestas de sus pueblos, han vuelto por unos días a la tierra que de manera obligada dejaron hace años, a los que he escuchado en sus quejas y necesidades, a los que he sonreído porque ellos estaban alegres… O tal vez sí lo conocen y por eso lo critican, pero estoy seguro que nunca sabrán que la vida también pasa por los pueblos de nuestra geografía y por su gente.
Si limitase mis desplazamientos a los pueblos de nuestra provincia, quizás me habría perdido la cena que el pasado día 12 compartí con un grupo de unas cien mujeres en Cartajima. Este pueblo, en plena Serranía de Ronda, apenas tiene trescientos habitantes y una Asociación de Mujeres con setenta y dos socias, como con legítimo orgullo asegura Emily, británica afincada en la localidad. Toma su nombre, Almola, de la cancha que se levanta como vigía del pueblo y de parte de la Serranía. Al entusiasta grupo de mujeres lo preside una esforzada y comprometida Silvia, que para cuantos actos organiza cuenta con la decidida colaboración del equipo de gobierno presidido por Paco, uno de los jóvenes e ilusionados alcaldes de la última hornada.
La cena tiene como argumento central rendir homenaje a las mujeres que en su día emigraron del pueblo y que, como la brisa fresca de la noche serrana, vuelven cada año para la feria. Pero es sólo una más de las muchas actividades que la Asociación realiza a lo largo del año. Por la edad de un buen número de socias, Almola tiene que trabajar en la doble dirección de avanzar en la igualdad y de conseguir que las mujeres se sientan útiles.
Y lo consigue. Desde luego que lo consigue. Porque el afán participativo, la alegría en la diversión, la voluntad cooperativa que muestran estas serranas cartajimeñas evidencian que, afortunadamente, cada vez son menos las zonas oscuras para la mujer en razón del territorio en el que vive.
lunes, 23 de agosto de 2010
Me arranco por soleá...
... cante que muchos artistas emplean para templarse, porque después de varias semanas apartado de la escritura con destino a este blog no estoy entrenado para largas parrafadas ni para concienzudas consideraciones. Así que, dejándome guiar por la sabiduría incustionable de quienes valoran el flamenco como algo liviano y propenso más a la expresión instintiva que a la inteligente formulación, ahí va mi soleá, que no son más que cuatro versos y treinta y dos sílabas. Fácil, por tanto, de escribir y exenta de trasfondo:
Qué tranquilo vive un hombre
si al mundo le habla de cara
y aunque a la espalda le tiren
de la verdad no se aparta.
Y no vayáis a pensar segundas interpretaciones ni a preguntarme por oculta intencionalidad: sucede que quien al mundo le habla de cara, vive tranquilo. A lo mejor quien tira por la espalda no vive tan tranquilo. Pero eso es asunto para otra soleá. Mientras tanto, cada cual cante la de hoy por el estilo al que mejor se acomode. O que le ponga otra música, si lastima menos sus oídos.