Hoy es el primer día de unas, no sé si merecidas o no, vacaciones que la mente y el cuerpo me exigen. Como se trata de una situación que, por inhabitual, resulta de especial excepcionalidad para mí, no puedo evitar relacionarla con la de otras personas que también tienen derecho a la misma y que, como en el caso de aquéllos a los que hoy recuerdo, nunca la disfrutarán. Porque buscando un mundo que les permita el empleo, el ocio, el bienestar, la normalidad en sus vidas, en definitiva, la pierden a diario en el paso del Estrecho o en el tránsito entre África y Canarias, precisamente cuando el buen tiempo nos invita a disfrutar de lugares a los que la marea lleva sus cadáveres. Y mientras, hemos llegado a un punto de impasible y resignada convivencia con la tragedia, como si lo que sucede no fuera con nosotros:
A vuestro dios le pregunto,
si es al mundo quien lo mueve,
por qué no toma el asunto
y que a otro mejor lo lleve
él que lo trajo a este punto.

