En este septuagésimo octavo aniversario de la proclamación de la Segunda República Española, y puesto que nada puedo añadir al significado histórico ni al cuerpo ideológico de aquel fallido intento que en pleno siglo XX pretendió sacar a España de la Edad Media, presente aún por aquellas fechas en muchos campos de la política, la sociedad y la economía, me limito a hacer público reconocimiento de quienes guardan memoria de ella, porque mantienen la suya propia.
Por diversas circunstancias, no podré compartir la celebración de hoy con Román González, Pepe Torrecilla y Juan Páez, esforzados promotores de la efímera Asociación para la Defensa de los Valores Cívicos Republicanos, ni con tantos otros compañeros que, en tal día como hoy, con humildad y emoción, se comprometían en la salvaguarda de la libertad, la igualdad y la fraternidad como reglas ineludibles de la convivencia democrática.
Valga, como agradecimiento a todos ellos, el recuerdo de Antonio García Duarte, recientemente fallecido. Junto a su honorable ejemplo, siempre aparecerá, como una de las bandas sonoras de mi vida, las notas del Himno de Riego surgidas de su armónica porque, al igual que la voz de Pablo Iglesias para Antonio Machado, ese sonido tenía para mí "el timbre inconfundible - e indefinible - de la verdad humana".

